Les faltaba vocabulario, les faltaba sintaxis y les faltaba capacidad de síntesis. O sea que los jueces y los abogados y los legisladores del día de mañana tienen problemas serios para construir una frase con un mínimo de lógica y de precisión conceptual. Y si muchas leyes actuales ya parecen redactadas por un imitador involuntario de Chiquito de la Calzada, uno se pregunta qué pasará cuando las redacten esos alumnos que no saben puntuar una frase, ni razonar un punto de vista, ni usar con propiedad los conceptos. Pero la culpa no es de los alumnos. Nuestro sistema educativo ha olvidado que la herramienta esencial del aprendizaje es la lengua, y que si un alumno no entiende lo que lee, ni sabe expresarse con claridad de forma oral y escrita, ni ha adquirido un vocabulario amplio que sea capaz de usar con facilidad, ese alumno está condenado a no entender el enunciado de un problema matemático ni el contenido de un tema cualquiera, así que tarde o temprano será un caso más de fracaso escolar. Por supuesto que hay muchas más causas del fracaso educativo, desde la irresponsabilidad de los padres a la permisividad suicida del "buenismo pedagógico" que permite entrar en clase a los alumnos con el móvil conectado, y eso sin hablar de unas cadenas de televisión a las que habría que aplicar con urgencia una Legislación Antiterrorista Educativa para que dejaran de fomentar la estupidez y la desvergüenza. Pero vuelvo a lo más importante, que es la lectura y el buen uso del lenguaje, algo que no debe estar reservado a la Primaria sino que debe llegar hasta la Universidad. De lo contrario, seguiremos condenados al fracaso.
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